lunes, 15 de mayo de 2017

EDUCACIÓN PARA EL CONSUMO

En la educación para el consumo resulta clave la implicación familia-escuela, puesto que los padres marcan las primeras pautas, junto al contexto social y los medios de comunicación. La educación para el consumo implica información, capacidad de crítica y sensibilidad respecto a las consecuencias del consumo desmedido, que pone en peligro el medio ambiente.
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El consumo ha existido siempre, forma parte de la existencia humana, pero en la actualidad se ha convertido en dinamizador de la sociedad. Se ha establecido la creencia de que la acumulación de bienes es la fuente de la felicidad y sinónimo de éxito. También este fenómeno es global. 
Hay una necesidad básica de autolimitar las aspiraciones egoístas, y de tener siempre presente el privilegio que supone preocuparse por el consumo, mientras que millones de personas no tienen ni para subsistir.
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Desde 1997, el gasto en publicidad en España ha sido superior al presupuesto del Ministerio de Educación. En efecto, los niños y niñas son consumidores; seducidos por el consumo pero hoy en día están más informados. Crecen en una sociedad del consumo que les obliga a establecer un contacto temprano con la economía. La mitad de los niños/as tienen ordenador, 50% videoconsola, una tercera parte dispone de móviles y de televisor propio.
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La educación para el consumo se logra con la vivencia directa en un ambiente de moderación y responsabilidad respecto a los bienes consumidos. Los padres son los primeros modelos que imitan, los que determinan en mayor medida el consumo de los más pequeños de la casa. Cada vez en un aula se ejercita el consumo responsable de recursos naturales, se fomenta el aprovechamiento de materiales de desecho o se valoran las pequeñas cosas, los niños y niñas actúan de correa de transmisión de esos mensajes desde la escuela al hogar.
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La ignorancia fomenta el consumo irracional y excesivo. La educación para el consumo debe de incluir una importante carga informativa, necesaria para tomar decisiones con conocimiento de causa. En edades tempranas, la información procede del contexto familiar, de sus iguales y de la influencia de los medios.
Desvelar los mensajes publicitarios, analizar la publicidad engañosa son posibles campos de intervención de la educación para el consumo. 
Todo consumo responsable pasa por conocer qué necesidades debe cubrir el producto que se plantea adquirir. Realizar estas clasificaciones en familia, compartiendo criterios y buscando el consenso, constituye en sí una actividad educativa que se puede completar contabilizando los gastos.
La información sobre la calidad debe abarcar aspectos diversos. Esta información se hace imprescindible en el caso de los alimentos, textil, medicamentos, etc.
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Todo ello debe tratarse en una educación para el consumo, que no puede alejarse de la sensibilidad por la preservación del medio ambiente. No se puede concebir un consumidor responsable que no reflexione sobre las consecuencias que su actuación consumista tiene sobre el entorno y los demás. Ser un consumidor responsable es una forma más de ser solidario con los seres humanos y el mundo.
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